El mandato social

Habitualmente se escucha decir que los políticos son unos hipócritas, que engañan y manipulan a la sociedad. Creo que es relativamente cierto, pero falta parte de la afirmación: lo son por mandato de esa misma sociedad que se siente ultrajada. Lo que me resta de comprobar es el punto de consciencia que tienen sus miembros.

Esteban Goti

Fíjense, el próximo 12 de enero se estrenará en los cines la película "El instante más oscuro". En ella, Winston Churchill es el personaje protagonista, y en la vida real es una personalidad política, cuya huella es imborrable.

Características de Churchill son su determinación, espontaneidad y una saludable honestidad declarativa. Pues bien, a día de hoy es imposible que pueda llegar al gobierno un personaje de esa naturaleza. ¿Por qué? Somos incapaces de asumir la honestidad y la libertad de expresión. Sin embargo, creemos ser los más avanzados en libertades y progreso.

Tenemos toda una red de fronteras ideológicas que acosan el pensamiento y el espíritu. Por supuesto, diversos medios de comunicación dirigen esa castración, en aras de elaborarse una imagen y cooperar con el mandato social de acallar cualquier disidencia. Es verdad que me falta también saber cuál es la razón que inspira la persecución del pensamiento libre; quisiera concluir que se trata de miedo a perder las seguridades que hemos labrado con el tiempo, pero no dejo de apreciar cierta dosis de soberbia y tiranía en toda la maraña de intereses y doctrinas que nos envuelven. Al mismo tiempo que escribo estas líneas, siento la tentación de quedar bien ante los lectores y la "bien-pensante" sociedad, que tendrá acceso a este texto. La tentación de ser neutro aumenta, si pienso en que quizá mi incorrección pudiera perseguirme en una hipotética vida política, en el futuro. Esa tentación no es mía en exclusiva, la siente todo aquel que experimenta el miedo a no promocionar si se le juzga con el sensacionalismo típico de nuestra época. La tentación intenta persuadirnos de que es mejor plegar velas y volver al puerto seguro de las convenciones ideológicas, todas ellas, cortas, estrechas y opresoras.

Pregúntense a ustedes mismos si han sentido alguna vez la "voz colectiva" tratando de impedir que desarrollen una idea, o mejor aún, evitando su puesta en público, y peor todavía, colocándoles un sambenito de por vida. Podría ser que quien lea este artículo creyera que toda idea, pensamiento o ideología me parecen saludables, y nada es más lejano a la realidad. Lo que yo critico aquí es la modorra asentada en la tiranía de tapar alternativas a lo que consideramos cierto e inamovible. Disponemos de un arsenal de denigraciones, listas y preparadas para ser disparadas contra el díscolo. Si no están de acuerdo, imaginen cómo tratarían en un medio de comunicación, supuestamente "progresista", a un diputado que propusiese en el Congreso una moción a favor de discernir correctamente qué es y qué no violencia de género, sobre la base de lo que ya tenemos asumido.  O imaginen que un ministro solicitase, a un grupo de médicos expertos, una investigación sobre la certificación de la vida en las primeras etapas de gestación de un embrión, de cara a cambiar nuestra política de interrupción del embarazo. Ciertamente estaría muerto. Muerto políticamente, muerto socialmente, muerto para tantas organizaciones que no saben subsistir por sí mismas y necesitan del erario público o de la asunción por decreto de su ideología. Ese personaje sería un premio gordo para periodistas que creen que su trabajo consiste en hacer preguntas sin respirar, ni dejar respirar al entrevistado.

Desgraciadamente, hemos llegado a un punto en el que no podemos permitirnos la libertad de expresión más allá de aquélla que ate con nudo insalvable nuestras propias convicciones. En ello, como digo, hay un deseo de reprimir la alternativa, pero también subsiste una insoportable holgazanería que elude el debate, porque ya está segura en la imposición ideológica y en la retribución económica del organismo correspondiente. Todos lo mantenemos, pero no todos pueden opinar. La sociedad dice sufrir el engaño de los políticos, de sus frases hechas, de sus argumentarios partidistas, pero me sigo preguntando si podría soportar la honestidad, la sinceridad con la que uno de esos políticos expresase sus convicciones o sus dudas. ¡Cuánto tardarían en sacarle un meme, someterlo al tribunal del humor hueco o de la entrevista a contrarreloj! El final ya lo conocemos: un atronador aplauso tras cortarle la cabeza.

Esteban Goti Bueno.

 

Reivindico la poesía en los tiempos

de la usurpación del pensamiento.

Exijo la lírica como antídoto para

las cadenas que pretenden imponer

a nuestro espíritu dormido.