Indirecto e insatisfactorio

(Una semblanza del oficio de historiador).  Hay dos cosas, de las muchas que aprendí en la Facultad, que guardo con gran afecto: que la Historia es una ciencia cuyo conocimiento es indirecto, y que además es insatisfactorio. Siempre se lo digo a mis alumnos, y además se lo razono. ¡Qué importante es razonar!, ¡es tan distinto de aceptar porque sí!. 

Esteban Goti

Y desgraciadamente en nuestros días hay demasiados mensajes que obligan a asumir sin pensar. La consecuencia es que, no sólo queda prohibido expresar alternativas, sino que se marca con hierro de ganadería a quien se atreva a hacerlo. Vayamos por partes: el primer aserto es que la Historia es una ciencia cuyo conocimiento es indirecto. Esto quiere decir que el conocimiento que adquirimos los historiadores siempre es en diferido, es posterior al suceso de los acontecimientos, y posterior a cualquier otro fenómeno relacionado con lo humano. Nosotros no podemos resucitar los hechos del pasado para analizarlos en toda su dimensión. Y aunque pudiéramos hacerlo, nuestro análisis sería incompleto, porque no observamos como un biólogo contemplaría la actuación de las células. Tampoco aspiramos, como el matemático, al resultado de una ecuación. Lo que analizamos los historiadores, es el acontecer humano, y por mucho que nos empeñemos, no cabe en una cuadrícula.

Esta particularidad nos puede llevar a asumir que el 'hecho histórico' no sólo es la crónica de una serie de sucesos, sino el horno obrador en el que se gestan. Y en ello, la naturaleza indirecta de nuestro conocimiento, sigue mostrándose inabarcable e insalvable. Pero esto, los miembros de la Real o Republicana Orden de la Historia, ya lo sabemos. El problema está en no hacer que lo desconocemos. No podemos someter el pasado a nuestra voluntad, en cambio, sí podemos encaminarlo a nuestro examen. La Historia se ocupa de lo que 'pasó', pero también del porqué. En el camino sólo cuenta con las pruebas a su alcance. Debemos admitir que se nos escapan multitud de factores y consecuencias. No hay peor trabajo o hipótesis en Historia, que aquel que se llama, a sí misma, definitiva e incontestable. Es un completo absurdo. Es más, quizá deberíamos ir escribiendo entre comillas la palabra 'ciencia' al referirnos a la disciplina histórica. Contamos con un método riguroso de análisis y contraste de fuentes, y con ello hemos elaborado el concepto de 'ciencia social', pero se detectan también algunos vicios relacionados con ello: incluir o excluir de la 'comunidad científica', y todos los derivados de crear clubs selectos.

En relación a las fuentes, y sobre todo, en la sujeción a ellas, reside un gran conflicto: ¿qué somos, meros transcriptores de documentos?, ¿nos ceñimos a rescatar objetos de los yacimientos?, ¿no nos es lícito elaborar hipótesis? Intentaré responder: ¡claro que no somos puros muestrarios de fuentes!, ¡claro que nos es lícito elaborar hipótesis! El problema está en que cuando las hipótesis trabajadas no coinciden con lo que un grupo investigador quiere defender, se las ilegitima, con muy variado armamento. Y por desgracia, es una práctica que no procede de la disciplina histórica, sino de las costumbres políticas. Es en ese momento cuando exigimos documentos, autores de nivel, trabajos 'serios', actuando de parapeto frente a lo 'inaceptable', y lo que es peor, sirve de censura para evitar que la investigación cumpla su verdadera misión: seguir adelante, con todos los frentes interpretativos abiertos, revisando también. Los historiadores también hacemos uso de las redes sociales, y en ellas he podido comprobar el peligroso asedio que sufren los historiadores e intelectuales que quieren defender sus hipótesis. No son teorías, sino hipótesis. Todas las pretendidas teorías son, en el fondo, hipótesis, con más o menos apoyo documental, con más o menos soporte de lo publicado hasta la fecha. Pero lo publicado no es, ni puede ser, la trinchera en la que crucemos fuego entre correligionarios de profesión.

 

El segundo aserto al que he hecho mención, tiene que ver con la satisfacción: el conocimiento histórico es insatisfactorio. El profesor Apellániz, que fuera profesor de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Deusto, siempre nos ponía el mismo ejemplo: ''si se retuercen ustedes en la cama, desasosegados, queriendo saber cuántas sillas hay en esta aula, no tienen más que venir al día siguiente y contarlas''. Y es verdad, pero lo que no tiene tan fácil respuesta es el hecho histórico, todos los aspectos que lo conforman, lo que puede ser sabido de ellos, y lo que nunca pueda serlo. Y todo ello hace de nuestra disciplina, una narración insatisfactoria. Esta insatisfacción, lejos de sumirnos en la depresión, es un acicate para animarnos a nuestra gran vocación: estudiar, leer, excavar, recuperar, publicar. Por el contrario, siempre serán nuestros enemigos, la inflexibilidad, el hostigamiento a quien aventura hipótesis contrarias a las nuestras, intentar codificar en leyes lo que no puede ser encerrado en una norma, o medir la calidad del historiador por el número de publicaciones, sin valorar el tiempo que se pasa leyendo, investigando y gustando del saber ajeno. Todos estos comportamientos son recursos que nos dan placer, mientras estamos en la 'zona de confort' de quien no se ve cuestionado. Sin embargo, cuando el impulso romántico del historiador nos empuja a plantearnos nuevos marcos de investigación, somos puestos en la picota. Es entonces cuando esas seguridades se nos tornan amargas. Es normal, es la consecuencia lógica de la castración intelectual y de un intento de competición carente de sentido.

Huyamos de que nos amparen grupos de presión política, alejémonos de ser garantes de las leyes de memoria que nos dictan lo que se puede pensar y lo que no. Si existe error, que se exponga libremente, es la mejor forma de corregirlo. Jamás fuimos llamados para encontrar bienestar en ser censores. La Historia es una corriente de conocimiento que trasciende los límites de la ciencia experimental, y se abre al pensamiento. La frontera estará siempre en que lo expuesto tenga una apoyatura en indicios razonables de las fuentes, o en las pruebas altamente veraces que ofrezcan.  Así entiendo yo nuestra vocación.

 

ESTEBAN GOTI BUENO. Historiador.

Reivindico la poesía en los tiempos

de la usurpación del pensamiento.

Exijo la lírica como antídoto para

las cadenas que pretenden imponer

a nuestro espíritu dormido.