Libertad VS voluntad de poder

El ser humano es libre; es algo más importante que decir que tiene derecho a la libertad. Ninguna persona necesita ni depende de que un gobierno o grupo alguno se lo reconozca. Sin embargo, vivimos en un mundo en el que, aún hoy, muchos seres humanos sufren la ausencia de libertad.

Esteban Goti

Podríamos referirnos a diversidad de situaciones en las que se produce esta privación flagrante. Concretamente, una de las esclavitudes que podemos experimentar es la de aceptar el disfraz de libertad, con el que se cubren sutiles y descaradas dictaduras. Una de ellas es la que proclama que la persona es libre sólo cuando su deseo de llevar a cabo cualquier iniciativa, se hace realidad. Coloquen ustedes en la categoría de 'cualquier iniciativa', todo aquello que su imaginación sea capaz de generar.

Iniciar cualquier deseo encierra una gran desconexión del ser humano con respecto a su propia naturaleza, porque podemos concluir que, ante todo, una persona, es un ser limitado. Los humanos afrontamos la realidad de la muerte, la enfermedad, la imposibilidad de llevar la contraria a las leyes físicas, o nuestra propia incoherencia con aquello que creemos o hacemos. Y, al mismo tiempo, somos capaces de la virtud, de hacer cosas hermosas y buenas. Una de ellas es procurar para los demás lo que quisiéramos para nosotros mismos. Y en este terreno se mueve y baila la auténtica libertad. Por el contrario, la idea de que el deseo, en sí mismo, es legitimación para materializar algo, forma parte de otro orden o desorden de cosas; es una pura voluntad de poder. Ante ésta, nada se interpone, se ciega ante la propia realidad, y destruye lo sagrado de esta vida como manera de dar salida a sus frustraciones. El superhombre de Nietzsche se sitúa por encima del bien y del mal, o quiere hacerlo, pero inevitablemente incurrirá en lo sombrío, en lo que es malo. Si desaparecen los límites de la conciencia, la persona no sabrá, o se desinteresará, de la legitimidad de sus actos. Una parte de todo esto se ha colado en nuestra vida política y legislativa. Prescindiendo de citar casos concretos, todo ello se resume en una idea: si esto se puede hacer, por qué no hacerlo; es más, hágase, no tenga usted dudas, no tenga usted reservas, no se oponga. Si se puede hacer, ha de certificarlo la ley. Y la voluntad de poder ha querido llamar libertad a este concepto.

              Sin embargo, la filosofía política de la libertad, el liberalismo, no consiste, ni mucho menos, en la desnudez de la sola voluntad. El liberalismo no es carne cruda, no es acomodo a las ocurrencias, ni al deseo por sí mismo. Si hacen la prueba de leer textos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (1789), o bien, nuestra hermosa Constitución de 1812, se darán cuenta de que la libertad viene vestida con el manto del amor a la justicia, del afán de equilibrar lo que había subvertido la tiranía, que no es otra cosa que voluntad de poder. Suelo recurrir frecuentemente al artículo 6 del Capítulo Segundo de La Pepa, la Constitución de Cádiz, cuando afirma que los españoles deben profesar el amor a la patria, así como ser justos y benéficos. En 2019 aún podemos decir que está en plena vigencia este anhelo, pues no hay acto político que merezca la pena, si no lleva consigo la búsqueda de la bondad y la justicia. ¡Cuántos problemas históricos podrían haberse solventado!, al menos, eso quiero pensar. ¡Cuánta unión frente a discordia hubiésemos disfrutado!, al menos, eso quiero creer.

              La libertad del ser humano comparte con éste su propia finitud, pero también participa de su fe, de la donación de las propias fuerzas por altos fines. No creo que haya libertad que merezca la pena, si no contiene la capacidad de responder ante las decisiones adoptadas. Es la responsabilidad. También ésta comparte la limitación de la persona; caemos enfermos, en el engaño, en la falta de perspectiva, en el egoísmo, la ira, la soberbia. Recordando la obra de Shakespeare, El mercader de Venecia; ¡qué sería de nosotros sin misericordia! Creo que sería muy sensato, por nuestra parte, des-divinizarnos. No tenemos demasiados argumentos para sentirnos dioses. ¿Acaso podemos redimirnos nosotros solos? No. Tampoco encuentro un argumento de mayor fuerza que éste para apostar por la solidaridad social, pues no somos dueños totales de nuestro destino.

La auténtica libertad avanza a ras de suelo, se ciñe a lo concreto, se basa en la verdad, en el compromiso moral de la persona, y no puede ser robada, aunque encarcelen nuestro cuerpo. Nadie puede decretarnos esclavos, aunque atasen nuestras piernas. La libertad es un alimento que alcanza todos los sabores, tantos como situaciones tiene la vida. Se comparte, dado que todos somos libres. Mi libertad puede corregir lo que compruebo que es erróneo o perjudicial. En el ámbito económico, por ejemplo, los liberales estamos llamados a examinar si nuestro sistema preferido cumple su misión, es decir, liberar. Y en el ámbito de la legislación, los liberales deberíamos impulsar leyes que protejan nuestra naturaleza, la de cada ciudadano en particular, y la de toda la comunidad. La vida tiene una parte intrínseca de combate, y en esta lucha, que ha de ser civilizada, los liberales hemos de alistarnos en las filas del hombre, varón y mujer, para cuidarnos de caer en la fantasía amoral del superhombre.

 

Esteban Goti Bueno. Historiador.

 

 

 

El ser humano es libre; es algo más importante que decir que tiene derecho a la libertad. Ninguna persona necesita ni depende de que un gobierno o grupo alguno se lo reconozca. Sin embargo, vivimos en un mundo en el que, aún hoy, muchos seres humanos sufren la ausencia de libertad.