Género

Una de las grandes sombras siniestras de nuestro siglo, y de los que nos han precedido, es el abuso, el maltrato y la disposición de la vida de las mujeres. Su vertiente más oscura es, sin duda, el asesinato, fruto del deseo de dominarlas.

Esteban Goti

La autoría de estos delitos ha sido plural. Pero hoy, quiero separar este tema del que voy a tratar a continuación. Quizá, como quien quiere ver reconfortada su previsión, traigo conscientemente a mi recuerdo, algunos temores que incubé hace tiempo. La intensidad con que avanzaban los estudios y debates sobre el hombre y la mujer, me hacía temer que el destino de todo aquello no sería bueno. Por desgracia, entiendo que mis expectativas son peores, y que cualquier elevación del pensamiento, hace cola por detrás de ese nombre que lo ha invadido todo, en algunos casos para bien, y en otros tantos para mal: el género, la perspectiva de género. ¿Y, por qué para mal? Hay varias razones: en primer lugar, porque sus impulsores no han querido ser unos cuantos más en la proposición de hipótesis y teorías, sino que han buscado ser sobresalientes. Aún peor, indiscutibles. Y han encontrado en las administraciones públicas, el escenario para poder presentarse así, irrebatibles. En segundo término, nos hace daño porque no contiene el criterio de universalidad que todo buen principio aspira a tener, para servir al bien común. La perspectiva de género es de parte, se centra en la mujer, y considera al hombre un mero auxiliar, o quizá, algo perfectamente eludible para la llamada perspectiva de género. Se abusa de una denigración general de lo masculino. Se ha hecho aceptable, aunque sea injusta. Y, por último, porque desea regular la vida íntima y social de hombres y mujeres. Es más, parece incitar al conflicto, a la guerra. Para asegurarse de que sus presupuestos son obedecidos, ejerce un desprecio absoluto hacia la autonomía de las personas, su libertad y su derecho a dudar, respecto de si las cuestiones de género son válidas o no. Tampoco admite oposición acerca de las cuestiones reproductivas, de la interrupción de embarazo, del derecho del padre a tener voz en ello, de la custodia de los hijos en caso de separación. No admite oposición a la letra escarlata que se quiere colocar en el pecho del varón.

Llegados a este punto, es posible que el lector se haga una idea correcta o equivocada de mí. Lo más probable es que sea errónea, porque la llamada perspectiva de género, se ha cuidado mucho de que exista toda una batería de acusaciones contra aquéllos que nos oponemos a sus dictámenes. No debería defenderme, pero no quiero retener en confusión a quien esté leyendo estas líneas: no soy un activista del machismo, no soy miembro de ningún partido extremista, no soy homófobo, no he visitado nunca el Valle de los Caídos, ni la tumba de Lenin, no pertenezco a ninguna organización radical moralista. Soy un hombre que comparte responsabilidades con su familia, con su correspondiente ilusión, altibajos y normalidad de cualquier ser humano. Creo profundamente en la igualdad del hombre y la mujer, es más, antes de que nadie pretendiera sugerírmelo, priorizaba el nombre "mujer" al de "hombre" en comunicados y lecturas públicas. Y todo ello lo hacía libremente, sin que nadie me pusiera una pistola en la cabeza, sin que nadie me dijera que es lo que debía hacer. Lo hacía sin que nadie pretendiera chantajearme con la "visibilización" de las mujeres. Ahora, las cosas son distintas, ahora no puedo tragar con todo. Ahora me siento obligado, chantajeado, impulsado a abrazar unas ideas, sin el derecho a ponerlas en cuarentena y tomarme mi tiempo para decidir. Y así, no. De este modo, jamáscontarán conmigo. Por este camino, con pena, no podré marchar en ninguna manifestación por la igualdad de los derechos de los sexos, ningún 8 de marzo. Simplemente, porque el espíritu de igualdad está perdido. No se lucha por ella, sino por la vuelta de la tortilla, por la preeminencia de la mujer. Se ha empezado a hacer de forma separada, sin contar con la capacidad de colaboración del hombre. Y así, de nuevo, no.

Mi espiritualidad y mis ideas liberales, son incompatibles con el machismo, y son incapaces de conciliarse con un feminismo adulterado, que pretende garantizarse poder, penetrando en la mente de las personas, echando el cerrojo a la diversidad de criterio, forzando que los tribunales de Justicia sean reflejo de sus reivindicaciones. Soy como aceite para esa agua turbia. Soy contrario a las actitudes de dominación, aunque todos llevamos esa tentación a cuestas; soy contrario a que nos obliguen a incorporar a nuestra alma, toda clase de escrúpulos, obsesivos compulsivos, para acertar a vislumbrar que, en el fondo, somos unos machistas irredentos si nos reímos con esto, si bailamos con eso, si nos amamos de aquella forma. Y soy contrario a todo esto, porque amo la libertad responsable de todo ser humano, porque creo que sólo desde ella se pueden cultivar las virtudes. Siento lástima cuando veo una sociedad enmarcada en lo que los grupos de presión quieren para ella; un pequeño cuadrilátero donde estemos todos bien controlados, sin que nadie se escape por la esquina.

No creo en ninguna respuesta violenta, ni a favor ni en contra de ninguna causa; por esta razón, no me encontrarán a su lado ni quienes quieren acabar con la libre deliberación de los jueces, ni con la libre reflexión de los ciudadanos. Tampoco me encontrarán a su lado aquellos grupos que, por sublevarse contra la perspectiva de género, quieran terminar con cualquier igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Nunca me encontrarán, entre quienes buscan borrar la realidad y nuestra libre participación en su construcción, para imponer su imaginario. Nunca.

 

Esteban Goti Bueno. Historiador.s

El ser humano es libre; es algo más importante que decir que tiene derecho a la libertad. Ninguna persona necesita ni depende de que un gobierno o grupo alguno se lo reconozca. Sin embargo, vivimos en un mundo en el que, aún hoy, muchos seres humanos sufren la ausencia de libertad.