Una constitución de 40 años

En poco tiempo se celebrarán los 40 años de la Constitución Española de 1978, y coincide con la edad de muchos jóvenes que a día de hoy intentamos, no sólo sacar adelante nuestras vidas personales y familiares, sino también encontrar sentido a nuestro sistema político.

Esteban Goti

Yo sí celebro este aniversario, porque, aun cuando creo que nuestra Carta Magna, no sólo es mejorable, sino que necesita mejorar en la práctica, estoy convencido de que nos ha dado unas condiciones políticas estables para el desarrollo de la vida en sociedad.

Por desgracia, en el caso español, no siempre ha sido así. Podemos tomar como ejemplo el convulso siglo XIX, con múltiples constituciones al gusto del grupo político en el Gobierno, pero también podemos pensar en el siglo XX, con dos dictaduras y un intento de II República que quedó frustrado por sus propias fuerzas políticas, y herido de muerte por los que conspiraron en su contra. Basten estas muestras para justificar, a mi juicio, la aportación, más que positiva, del sistema constitucional nacido en 1978.

Ciertamente es una constitución larga, con un amplio articulado, y ello es así, porque aspira a dibujar un panorama legal amplio, en lo político, lo social y lo económico. Si algún lector goza de curiosidad o es de dormir poco, puede dar una lectura ligera al texto constitucional para apreciar las aspiraciones que tuvieron los padres de la Constitución. Su redacción y acuerdo no fue fácil; diría incluso que fue un milagro. Las sesiones de los comisionados constitucionales, se interrumpieron por discusión de puntos concretos, y además, tuvo que pasar posteriormente el trámites parlamentario. No es cierto que esta Constitución buscara cerrar un régimen de reparto de poder entre un club de amigos. No es cierto. No hay ningún régimen del 78. Allí estaban personalidades que representaban a familias políticas que habían colaborado con la dictadura, o bien habían vivido en la clandestinidad. Allí se encontraron, viéndose las caras, de igual a igual, en la misma situación.

Sólo un esfuerzo y compromiso compartidos, pudieron hacer posible que hoy tengamos un marco constitucional duradero. No cabe duda, y más en los últimos tiempos, de que uno de los grandes desafíos de nuestro Estado, es el respeto a la autonomía del Poder Judicial, no porque esté conculcada, sino porque existe el riesgo, y la casuística, de que ciertos acuerdos partidistas se introduzcan en órganos como el Consejo General del Poder Judicial. Tampoco tengo confianza en quienes cuestionan constantemente la validez de los tribunales españoles, porque suelen coincidir con aquéllos que ante una cuestión de "su" vital importancia, indican al Gobierno que sería conveniente que las sentencias tuvieran un desenlace u otro. Los partidos nacionalistas destacan en este grupo.

Sin embargo, en donde la práctica política y nuestra Constitución entran en colisión, es en la manera en que los partidos asumen su papel de vehículos de representación de la voluntad ciudadana. Creo que el papel del Parlamento no se respeta suficientemente, o siendo más drástico, muy poco. El Congreso de los Diputados y el Senado deben ser mucho más poderosos que las sedes de los partidos políticos. Y esto no suele darse así, y es francamente rechazable. ¿Cuántos acuerdos alcanzados en el Congreso han dependido de las negociaciones habidas en los cuarteles generales de los paridos políticos, y no en la Cámara? ¿Cuántos diputados ejercen una labor meramente ejecutora de la decisión del presidente del partido, o en el mejor de los casos, del líder del grupo parlamentario? ¿Cuántos acuerdos presupuestarios se han alcanzado en función de criterios que no guardan relación con planteamientos de gasto e inversión, propios de los Presupuestos Generales del Estado? Investiguemos y respondamos.

Desde mi perspectiva, sólo una reforma de la Ley Electoral, puede colaborar a componer lo que está descompuesto. Si no lo hacemos, si no abordamos estas necesarias reformas, los poseedores de alternativas políticas, poco democráticas y escasamente amigas de la libertad, ganarán adeptos. Es sencillo hacerse con un electorado descontento y que esté dispuesto a considerar más la acción que el protocolo de la legalidad. No es ninguna exageración; pensemos, por ejemplo, en la distancia que separa las preocupaciones de los ciudadanos y la forma de actuar de los partidos políticos en las Instituciones. Si dejamos que sigan con el curso actual de intrigas, de acuerdos políticos incomprensibles, o bien, tratando graves problemas con vacíos eslóganes, entonces, vendrán otros a decir que hay que subvertirlo todo, que hay que eliminar a golpe de gobierno lo que no funciona, que esto se arregla en dos días si hay "huevos" y toda esa lista de frases hechas. Estos pensamientos simples arrancan aplausos y pasiones, pero el destino al que nos llevan siempre es peor de aquel en el que estamos.

Al contrario, si contemplamos la trayectoria de nuestra democracia constitucional, y somos capaces de detectar honestamente las aguas estancadas y turbias que nos empobrecen, entonces podremos tomar la senda del reformismo, como antídoto contra los vendedores de humo y como reparación del grave daño que se le ocasiona a la propia democracia. Ya que he mencionado la reforma de la Ley Electoral, mencionaré brevemente en qué podría consistir. La Ley Electoral debe experimentar una transformación radical. Los candidatos a diputados y senadores deben ser elegidos directamente por los votantes. El partido debería ser una plataforma en la que se experimente el debate libre y la pluralidad de matices de sus miembros, ofreciéndola a los ciudadanos, en listas abiertas, para que éstos emitan su voto. Ésta es una representación más fiel de la voluntad de la ciudadanía. Los elegidos, son responsables ante su electorado e inviolables ante los aparatos de disciplina de los partidos políticos. Los elegidos, en este supuesto, encarnan más auténticamente la soberanía nacional, y, de acuerdo con este nuevo esquema, evitaríamos las imágenes de cambio de rostros en los escaños, por criterios exclusivamente de vida interna de los partidos. Soy consciente de que no existe el paraíso democrático, y que cualquier sistema electoral encierra riesgos de corrupción moral. Es cierto, la democracia no puede existir sin la libertad de los ciudadanos, y no camina tampoco sin la asunción responsable, por parte de los representantes, del mandato que han recibido. Siempre, en cualquier modelo electoral, de listas cerradas o abiertas, la ética es la llave para que el sistema no sea devorado por sus contrarios. Y constituye, también, una cierta garantía de perdurabilidad constitucional en España.

 

Esteban Goti Bueno. Historiador.

 

 

En poco tiempo se celebrarán los 40 años de la Constitución Española de 1978, y coincide con la edad de muchos jóvenes que a día de hoy intentamos, no sólo sacar adelante nuestras vidas personales y familiares, sino también encontrar sentido a nuestro sistema político.