La fragilidad de la democracia

La democracia es algo muy frágil. Se vocifera en alta voz y aparece en multitud de pancartas, pero es frágil, mucho. Sus dinamiteros han estado siempre fuera y dentro de ella, y hoy quiero dejar esto de manifiesto, con toda su verdad, con toda su crudeza.

Esteban Goti

Perdonen que adopte un tono severo, pero como cantaba el grupo 'The Byrds', en su versionado tema 'Turn, turn, turn', hay un tiempo para todo bajo el cielo, y en el presente, no hay lugar para componendas. 

Es tiempo de ser certero y directo. Mis conciudadanos no merecen tanta trampa y tanto robo. No lo merecen, y no lo deben tolerar. Existe todo un panorama de posibles acciones cívicas y constitucionales para mostrar el rechazo a las tramas de corrupción, a los sobornos, a las exportaciones e importaciones de capital no declarado, a los cursos fantasma, a los dineros derramados en mil aventuras fraudulentas. Ahí está el derecho a manifestación, sin escraches; la posibilidad de publicar en un medio de comunicación, con la opinión; el acceso a participar en política, sin abjurar de ella. Y no nos engañemos, no se trata de arremeter contra ningún partido citando a los otros ante su sede. Hay tantos partidos embarrados, y embarrándose, cada día, que carece de sentido y de justicia. Esa dinámica de ganar la calle acaba oliendo peor que la corrupción misma. Hay miles de personas que trabajan honradamente en los partidos políticos, movidos por sus propios ideales. Los españoles no estamos llamados a matarnos entre nosotros, eso siempre es ganancia de intereses ajenos a la honestidad y a la democracia. Estamos convocados a defendernos juntos frente a la ilegalidad, más que de la persona que va contra la ley. A fin de cuentas, tal y como escuché a un abogado, es preferible aborrecer el delito y compadecer al delincuente. No son de una raza extraña a la nuestra. Creo que todos estamos hechos de la misma materia, ésa que encierra luces y sombras.

La sentencia dictada sobre la trama Gurtel ha despertado en quien suscribe este artículo, un sentimiento de indignación enorme. Y sí, ha sido ahora, cuando han hablado los jueces. No estaban en lo cierto los que auguraban culpabilidades, pues las iban a enarbolar de cualquier forma. No se dejen engañar. Piensen si no, cuánta información tenemos ahora del máster de Cristina Cifuentes, o de las redes de influencias de la universidad. Ya ha sido quitada de en medio la expresidenta de Madrid, ya no hay problema, ya no hay revelaciones, ya no hay escándalo intelectual.

La sociedad española en general, y los ciudadanos que han confiado en el PP durante años, en particular, no se merecen, insisto, que el partido haya sido declarado partícipe de la trama Gurtel a título lucrativo. Es el partido que más afiliación ha tenido en los últimos años; es un partido, al igual que el PSOE, que ha sufrido en el País Vasco, y en toda España, la persecución y el asesinato de ETA. Las personas concretas que han padecido esta situación, pagándolo con su vida, no se merecen que su partido tenga una sentencia que llama a rasgarse las vestiduras con razón. La deuda contraída con los militantes populares que perdieron la libertad y la vida es alta, y no se puede enturbiar ese 'debe' con estas suciedades. Un partido político es un conjunto de hombres y mujeres dispuestos al servicio público, y del mismo modo, es una plataforma de convicciones políticas que pretenden dar satisfacción a los ideales que comparten muchas personas. El PP es una formación que quiso ser aglutinadora del pensamiento conservador, liberal o democristiano, entre otras sensibilidades. ¿De verdad hay quienes creen tener derecho a echar lodo sobre esta realidad ideológica? ¿De verdad cree la actual dirección del PP que pueden asumir todo lo que está sucediendo, con todo lo que implica? ¿De verdad se puede regir un partido y un Gobierno con una actitud de espera, de aguantar el chaparrón? Yo no creo que puedan permitírselo, sinceramente.

No quiero dejar que este texto tenga como única diana al PP, porque no voy a unirme al coro de voces a la izquierda y en las órbitas nacionalistas, que usan la corrupción como trampolín electoral. No hay demasiados partidos en condiciones de escandalizarse con lo que ha sucedido en la trama Gurtel. La corrupción de otros partidos es igualmente escandalosa, prácticamente en todas las coordenadas geográficas de España. Ahí está el PSOE, a lo largo de su historia y en su presente; ahí está Convergencia Democrática de Cataluña, cuyos herederos del PdeCat creen que pueden eludir preguntas sobre CDC, aduciendo que no pertenecen ya a ese partido; ¡hay que tener poca vergüenza! El PNV tiene un caso abierto, en este mismo momento. Recordemos que el caso de las tarjetas black implica además a sindicatos, y el referido a cursos inexistentes para parados, igualmente. ¿Y van a darnos lecciones regeneradoras los que han dado un golpe de estado en Cataluña, dejando a su población al más horrible desamparo legal?

            Hay explicaciones, además del lucro personal, que explican por qué suceden todas estas tramas. Y es que el protagonismo de los poderes públicos aspira a garantizar demasiadas cosas, y lo hace a través de organizaciones como partidos, sindicatos y círculos empresariales. Es muy complicado que quienes están llamados a sentarse en tantos consejos de banca, a conceder tantos permisos, a cobrar por tantas licencias, a gestionar el desempleo, no se sientan tentados de coger parte del botín. Vivimos sometidos legalmente a una burocracia de carrera y de designación política, donde la administración es mayor que el individuo, le asisten más recursos, tiene casi siempre la última palabra, los protocolos de contestación para el ciudadano son enrevesados, difíciles y costosos en muchos aspectos. ¡Cómo no van a sentir que les envuelve la inmunidad, aquéllos que ostentan el poder! Nuestro ordenamiento legal concede a las organizaciones políticas, sindicales y empresariales, gran cantidad de capacidades decisorias. Cada cual según su competencia. El individuo, el ciudadano, la persona, es más débil que el Estado, y éste, no nos olvidemos, surge de la soberanía de aquél, no al revés.

            ¿Y qué soluciones se nos presentan? La dimisión de Mariano Rajoy, la convocatoria de elecciones o la moción de censura, por ahora. No puedo dejar de preguntarme por cuál de estas alternativas ha sido concebida en relación a la ética que encierra en sí misma, y cuál de ellas por la oportunidad política que ofrece. Es un dilema, porque no han demostrado nuestros partidos una sinceridad arrolladora a la hora de emprender iniciativas.

            España no puede permitirse la situación creada. Ahora hay que hacer uso de la democracia, con sus métodos y protocolos, no con consignas y algaradas. Nuestras leyes avalan la posibilidad de regenerar el sistema. Es la hora de llevarlo a cabo.

Esteban Goti Bueno. Historiador

La democracia es algo muy frágil. Se vocifera en alta voz y aparece en multitud de pancartas, pero es frágil, mucho. Sus dinamiteros han estado siempre fuera y dentro de ella, y hoy quiero dejar esto de manifiesto, con toda su verdad, con toda su crudeza.